Comienza la experiencia una tarde soleada

-Por realidad entiendo lo mismo que por perfección.”
Baruch Spinoza.

3g. hongos psilocybe cubensis
40g. metilfenidato (clorhidrato, liberación sostenida)
Infusión de perganum harmala (cantidad indeterminada)
Casa de campo, Madrid; finales de verano del 2012.

Comienza la experiencia una tarde soleada en la Casa de Campo iniciándose el declive del periodo estival.
Las manos de un amigo sentado a mi lado se movían lánguidamente haciendo sonar una melódica, pero no eran sus manos las que yo percibía, sino las de Dios, haciendo resonar el universo a cada nota, obedeciéndole este a capricho de la música. El paisaje se oscurecía de pronto y de nuevo se despejaba, una extraña calma sumía mi cuerpo en una especie de torpor tan solo perturbado por una brisa onírica y lábil, mas no era música per se, sino un acto de creación arquitectónica divina, fundiendo física y metafísica en el lenguaje de mi mente.comprar kits de setas

Aún era yo, yo separado del resto de las cosas que no son yo; una conciencia especulativa reflejando la existencia en su psiqué. Cada instante, en cada imagen, escondía un secreto, un velado sentido cuya celosía parecía poder llegar a vulnerarse hasta alcanzar una revelación trascendental como en una tregua imposible con la esencia de todas las cosas.
Caminamos sin rumbo largo tiempo, a través del cuadro impresionista más hermoso jamás pintado de la Casa de Campo. Diversos aromas me transportaban cientos de metros para encontrar la fuente manante de sus perfumes, un éxtasis sublime abandonado a la mera sensación. Otra etapa fluctuante y efímera en este extraño viaje, en el que viajero y paisaje acabamos siendo uno.
El cuerpo me pesaba cada vez más, una extraña fuerza me doblegaba hasta la postración, subyugándome a la quietud para sumirme en una estasis que en esos momentos me parecía duraría para siempre. Sinceramente, al principio, sentí miedo…
Las mismas cadenas que arrastraba mi cuerpo, desataban mi mente, disolviendo sujeto y objeto en una sola experiencia impersonal de conocimiento.
Cerré los ojos para ver, transformándose lo que antes entendía como “yo”, “mi ser”, en tan solo una visión impersonal, una mirada de nadie en todas partes, una pseudoaproximación a la omnisciencia; la existencia mirándose a un espejo constituido de la misma materia que la conforma, un espejo frente a un espejo. En esa experiencia inconcebible de objetivación consciente los conceptos se subsumían por completo a las imágenes constituyendo una aporía irresoluble incapaz de revelarse bajo las formas del lenguaje.
4 horas (esto pude saberlo al finalizar la experiencia gracias a los diálogos con los amigos que también participaron) disoluto, sempiterno, fuera del tiempo, inmortal, etéreo… giré, para mirar a mis espaldas, en la caverna de Platón.
Las imágenes que “observé” son inefables. Aguardan sus sombras acalladas ahora, como fantasmas errantes vagando por los rincones abandonados de mi memoria, no se sabe de qué parte surgidos, adoptando los más extraños y sibilantes recuerdos susurrándome a su modo, en la noche de mis pensamientos, lo cerca que estuve de entender, sin entendimiento, el sentido, sin sentido, de todo lo existente.

Todo esto ahora me parece mentira, un recuerdo de otro, la fantasía de un delirio en la que nada puede hacerse referencia en la realidad…
A las 4 horas “desperté”, volví a mi cuerpo, dolorido, abandonado… irreconciliable conmigo mismo, defraudado, pues esperaba ya pertenecer a ese falso cielo sin deseo ni entendimiento.
Solo la carne siente y piensa, desea y comprende. Donde yo había estado no existían la acción ni el tiempo y el espacio lo abarcaba todo sin necesidad de fragmentarse ni de establecer limitaciones. El ego se tornó una cárcel, un tormento infinito anhelante de respuestas que no encontraban la forma de satisfacerse.

De pronto comencé a pronunciar palabras sin sentido, como en un éxtasis, perplejo de encontrarle unos conceptos correlativos comprensibles. Mephistófeles mostrándome el sentido de mis revelaciones en una lengua que al instante olvidaría, cerrando de este modo la puerta a ese lugar perfecto al cuál no pertenece la materia. Incuestionables sus aforismos situaban la existencia en un determinismo absoluto, en el que todo tenía un sentido (aunque quizá fuera de lo que entendemos como sentido y finalidad, como si no tuviese que responder a las reglas de la lógica, sino que más bien las estableciese), un orden perfecto en sí mismo y ninguna pretensión más allá de la mera manifestación de sí, de simplemente “ser”, o “estar”, que de este modo pasarían a ser una misma cosa. Dios, en potencia y acto, manifiesto en todas y cada una de las cosas existentes, contenido y continente de este mundo. Una armonía en la que física y metafísica convergían al unísono. De este modo tan solo restaba para los seres pensantes la aceptación, pues si todo es como es, es porque no puede ser de otro modo, es más, es perfecto siendo como es.

No relataré con detalles lo difícil que se me hizo regresar a mi estado habitual, como anécdota reseñable, destacaré la imposibilidad del entendimiento del lenguaje escrito que manifesté durante las horas subsiguientes a la remisión de los efectos psicoactivos y la incapacidad de sentir nada diferente de la tristeza durante varios días, sin embargo no me arrepiento de haber experimentado algo como aquello y, en resumen, fue sin duda la mejor y la peor experiencia psicoactiva que jamás he tenido.

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